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EL CORSO Y LA PIRATERÍA

La piratería en el Mediterráneo experimentó un auge notable a partir del siglo XV. La costa alicantina fue sometida a ataques continuos de musulmanes, genoveses, provenzales, castellanos, portugueses y, los propios súbditos del rey de Aragón, encontraron una fuente de ingresos considerable en sus asaltos a embarcaciones, poblaciones e instalaciones portuarias. La Isla de Santa Pola (actual isla de Tabarca) era uno de los lugares donde se refugiaban los piratas. El corso, es decir, la persecución y el saqueo de naves llevados a cabo por barcos autorizados, constituía un negocio muy lucrativo que era ejercido de forma habitual por vecinos de Denia, Villajoyosa, Alicante, Orihuela y Guardamar.

En este contexto debemos situar el modo de vida de los habitantes del puerto; sometidos a continuos sobresaltos a causa de los robos, con unas instalaciones portuarias insuficientes y carentes de toda defensa frente a un mar en extremo peligroso, por el que circulaban con total impunidad piratas y corsarios de toda condición.

En el siglo XVI, el peligro se centró en los piratas del Norte de África, sobre todo a partir de 1516, momento en que los hermanos Barbarroja -que intentaron fundar un imperio berberisco en el Mediterráneo- se adueñaron de Argel y convirtieron la ciudad en el principal puerto corsario de Berbería. En 1552, Barbarroja desembarcó en la playa ilicitana del Pinet, al parecer con la colaboración de los moriscos del Raval de Elche.

Los piratas berberiscos capturaban buques mercantes y sometían a pillaje las costas, donde se apoderaban de objetos preciosos y de esclavos. Esta actividad creó una gran tensión, ya que uno de los principales temores de la población cristiana era caer cautiva de los piratas. De ahí la necesidad del Concejo de Elche de poner en marcha medidas defensivas para evitar los ataques por sorpresa.